lunes, 30 de enero de 2012

La Caja de Grandora


Cuatro tesoros reinaban en el interior de la bestia, o el monstruo quizás.
El primero se hallaba en el interior del odio y del rencor, en su alma.
Soportando las tempestades de sus gritos y su poder, se oía algo,
¿Una voz? ¿Un susurro? No, un canto, ¿De una sirena se trataba el tesoro?
El segundo se hallaba en el cerebro del Ente infernal que entre fuego vivía.
Entre los malos recuerdos, el pesimismo y las ganas de matar, algo brillaba
¿Plata? ¿Oro? ¿Diamante? No… era un dibujo… ¿El segundo era un dibujo?
El tercero nos arrastra a las corrientes del Tiempo, a su nacimiento,
llantos, caprichos, ofrendas a un bebé, no, no se trataba de un niño,
era la mujer que lo amamantaba… ¿Porqué? Quizás sus cálidos abrazos…
Y el cuarto tesoro no se hallaba, ni perdido se encontraba…
¿Cómo es posible encontrar lo que no está perdido, que ese es sonido?
Era su corazón, latía, la bestia tenía corazón pero algo lo hacía latir,
era un corazón pintado en su alma, esculpido y tallado con la confianza,
los latidos iban al compás del canto, la sirena hacía latir el corazón,
Y El corazón poseía la sangre más cálida, fue heredada, de la mejor madre.
Quizás el cuarto tesoro era su propia vida, o mantener lo que le hacía vivir.

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