Cuatro tesoros reinaban en el interior de la bestia, o el
monstruo quizás.
El primero se hallaba en el interior del odio y del
rencor, en su alma.
Soportando las tempestades de sus gritos y su poder, se
oía algo,
¿Una voz? ¿Un susurro? No, un canto, ¿De una sirena se
trataba el tesoro?
El segundo se hallaba en el cerebro del Ente infernal que
entre fuego vivía.
Entre los malos recuerdos, el pesimismo y las ganas de
matar, algo brillaba
¿Plata? ¿Oro? ¿Diamante? No… era un dibujo… ¿El segundo
era un dibujo?
El tercero nos arrastra a las corrientes del Tiempo, a su
nacimiento,
llantos, caprichos, ofrendas a un bebé, no, no se trataba
de un niño,
era la mujer que lo amamantaba… ¿Porqué? Quizás sus
cálidos abrazos…
Y el cuarto tesoro no se hallaba, ni perdido se
encontraba…
¿Cómo es posible encontrar lo que no está perdido, que
ese es sonido?
Era su corazón, latía, la bestia tenía corazón pero algo
lo hacía latir,
era un corazón pintado en su alma, esculpido y tallado
con la confianza,
los latidos iban al compás del canto, la sirena hacía
latir el corazón,
Y El corazón poseía la sangre más cálida, fue heredada,
de la mejor madre.
Quizás el cuarto tesoro era su propia vida, o mantener lo
que le hacía vivir.
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