lunes, 30 de enero de 2012

El Oxidado Caballero


Y sin más motivo, el cobarde pero vigoroso caballero, atravesó el lúgubre pasillo.
Con miedo, acompañado de la desdicha que en toda su vida compañera fue,
tomó la ignorante aunque útil decisión de dejar atrás su armadura y sus armas,
más sabía, que la armadura jamás le protegería el pecho de una gran decepción
su escudo nunca le protegería de las decisiones que Miedo y Desdicha forjaron
ni que su espada cortaría el recuerdo de las personas amadas que viajeras fueron.

Cobarde para los otros ojos pero valiente para sí mismo, alzose pués,
levantó los brazos hasta el suelo y caminó sobre cielo, resplandeció,
la vieja crisálida que su vida había creado, gris, sin luz, y vacía
evolucionó en la más bella cruzada que jamás alguien leería, 
la espada brilló y guiada hacia su cuello fue, decapitando toda razón,
el escudo acercose, formó una cúpula y lo aisló de todo contacto
la armadura se oxidó y aprisionó todo su cuerpo, sin voz, sin corazón,

Eso hubiese sucedido si aferrarse así mismo hubiese querido, más no fue
salvose su vida, del incordio de la duda, hijos de Miedo y Desdicha
y con insolencia, vanidad y envidia, se devoraron así mismas, pues no,
no había más duda de la que alimentarse, de la que poder nutrirse.
El negro caballero no encontró la luz, pero halló la máxima claridad
en la más profunda y oscura armadura que los hombres le regalaron

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