Silvestre, errante, alzaba su camino el lúgubre caballero por
la senda de los pinos,
merodeando pues, no más lejos de allí, bajo un viejo olmo,
descubrió un cofre,
rodeado de pequeñas ardillas, revoloteando sobre él,
vigorosas golondrinas,
tallado estaba en mármol, zafiros incrustados en el cerrojo
mis ojos me mostraban,
no olía a vieja astilla ¡Tampoco a madera roída! ¿Estaba
hechizado ese cofre?
La importancia decidió agarrar al caballero, y postrarlo ante
la caja de sorpresas.
- ¿Qué eres, quién eres? ¿Qué te hizo, cómo te trajeron, de
dónde vienes? -
El cofre se abrió y de su interior, vociferando con timbre de
fémina, susurró:
- ¿Qué eres, quién eres? ¿Qué te hizo, cómo te trajeron, de
dónde vienes? -
El Caballero cayose hacia atrás e intentó desenvainar
inútilmente su espada.
- ¿Qué eres, quién eres? ¿Qué te hizo, cómo hablas de dónde
vienes? -
Predecible, pero sorprendente, repitió las temblorosas
palabras del Caballero:
- ¿Qué eres, quién eres? ¿Qué te hizo, cómo hablas de dónde
vienes? -
El Caballero, reflexionando, montó en su blanco caballo y
volvióse por la senda,
él ya lo había comprendido todo, no hacía falta más,
fantasioso pero cierto,
aquellos niños mudos del pueblo anterior, se sorprendieron al
oír al caballero,
nunca antes habían escuchado el sonido de una voz humana.
Quizás lo único que le hacía falta al caballero, era abrir
sus fronteras,
saber lo que tus ojos ven, o lo que tus oídos escuchan, puede
que no sea lo único.
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